28 de octubre de 2008

El hombre que olía a melocotón

Para alguien que sigue esperando su primavera.
Suerte en todo, espero algún día volvamos a coincidir.



Basada en hechos reales

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Siempre he tenido mala memoria para las fechas, pero podría decir gustosa que está es la única que puedo recordar casi con todo y hora.
Tenía casi quince años cuando agobiada por estar en mi casa comencé a trabajar de taquillera en la estación de trenes de Alcatraz, mi pueblo natal, y es un decir que era estación porque en pocas palabras solo era una pinchurrienta cabaña en medio de la nada que esperaba solo una corrida, la de las 3p.m.
Alcatraz no podía presumir de tener atractivos turísticos ni cosas exorbitantes, salvo la iglesia que era competencia de la torre de Pisa y el Pozo de agua. La abuela solía contarnos que hace muchos años, cuando el pozo tenía agua, surgió la creencia de que era milagrosa y que mucha gente de todo el país venía solo con la esperanza de que bebiendo un poco desaparecerían todos sus males. Ahora de ese pozo quedan solo recuerdos y muy malos, porque primero se ahogo un perro a lo que no le dieron importancia, pero lo que terminó con la dicha fue la muerte del hijo del presidente, después de ahogado el auge de venir a este pueblo desapareció.
Eran las 2:55 de la tarde cuando un golpeteo en el mostrador me hizo pararme al instante. Fue entonces, cuando me di cuenta de que todo el lugar estaba inundado de ese olor que nunca había percibido, solo alcancé a tallarme los ojos y al voltear a ver quien se atrevía a perturbar mi sueño.
- Disculpa, alguien que me pueda vender un boleto para el siguiente tren?
Tardé unos segundos en reaccionar, a simple vista era un hombre normal pero sentí una fuerte atracción hacia él, me perdí en el brillo inusual de sus ojos y en su color de piel. Lo varonil de rostro me enloqueció y comencé a fantasear con que su barba de días rozaba con mi espalda y al cerrar los ojos su olor me ayudó a sentir un cosquilleo dentro de mi que nunca antes había sentido. Tartamudeé más de lo usual y solo pude decir:
- Si… yo se lo puedo vender.
Y aunque sabía que no debería de ser tan obvia al verlo insistentemente, no podía dejar de hacerlo. Sentí, que podía pasar el resto de mi vida perdida en esa mirada y percibiendo ese olor, que hasta años después supe que era parecido al melocotón.
A lo lejos se escuchaba el arrastrar del tren… y dentro de mi timidez solo alcancé a decirle:
- Llévame contigo…

1 comentario:

Marciana Telechobi dijo...

ay hija conmovedora historia... pensé que subiría algo sobre los payasos y el circo del otro día.
saludillos desde aka las frescuras del campo.